La Zapatería

Un aroma muy peculiar, amalgama de distintas sustancias, impregna el local. Piel, cola, tintes y ceras se mezclan en el ambiente aportando al taller un olor que, con el paso de los años, se le ha hecho familiar. Una tenue luz atraviesa las grandes ventanas de la zapatería. Las cortinillas de los cristales, dispuestas a media altura, garantizan cierta privacidad. El ambiente es tranquilo y apacible. En la plaza la tarde languidece. Unos jóvenes se dirigen al parque charlando despreocupadamente y del cercano café Motto llegan las voces apagadas de unos parroquianos.

Perfecto cerró despacio la puerta de la entrada tras de si y deslizó el llavín en el pequeño bolsillo de su chaleco. Se dirigió hacia el escritorio donde se sentó, abrió uno de los cajones y extrajo el libro de cuentas. Las repasó mentalmente y vió con satisfacción que el negocio iba bien. Sus dos empleados eran de total confianza y tenían mucha experiencia. José llebaba con él desde que abrió la primera zapatería en El Entrego, había sido uno de los primeros trabajadores en beneficiarse de la jornada laboral de ocho horas que Perfecto, adelantándose a la ley,  implantó en el taller en 1.919. Ramón se había incorporado al trabajo cuando Perfecto trasladó la zapatería a Sama.

Dentro del libro, en una hoja suelta había unas anotaciones, “2,5 kilos de suela” y entre paréntesis “gallega bien curtida”, “1 piel de becerro flor en negro, 3 pieles de cabra de al menos 1,5 kilos cada una (piezas enteras) y ½ kilo de badana de cáscara natural”. Perfecto sonrió, efectivamente trabajaban con el mejor material.

Colocó el libro donde estaba, cerró el cajón, echó un vistazo a su alrededor y se dispuso a abandonar el local. Al salir se dio cuenta que hacía tiempo que no se encorvaba sobre una bigornia y que lo echaba de menos, para él la concentración requerida para hacer unos zapatos le relajaba.

A pocos metros, en el portal de su vivienda en la calle Herrero se encontró con Teresa, su mujer, que venía a su encuentro. Se besaron y se fueron caminando en silencio en dirección al parque. Una buena manera de terminar una jornada de trabajo, pensó.